La infancia es una etapa de investigación, de exploración de nuestro mundo, con la finalidad de saber hasta dónde le es posible llegar, qué es lo que se espera de ellos, cómo deben comportarse en cada situación y a qué atenerse si cumplen o no cumplen la orden. De esta manera, se le proporcionan herramientas que les permitan trazar con claridad los carriles a través de los cuales es posible circular adecuadamente en función de las exigencias del entorno.

En la limitación de dichos carriles es donde entran en juego los papás y mamás a través de la aplicación de límites. Los niños necesitan límites para desarrollar seguridad en sí mismos, en su comportamiento y cierto poder de predicción en su entorno, sabiendo que en función de sus actos tendrán unas determinadas consecuencias (negativas o positivas). Los límites se traducen, básicamente, en información. Información clara y concisa que definen el camino de las conductas aceptables, preparándolos así, para una mejor adaptación en las sucesivas etapas del ciclo vital: adolescencia, adultez y vejez

¿Cómo se pueden definir?:

– Dirigirnos a la conducta. Evitar ataques a las características personales.

Vamos a cambiar el “Qué raro eres”, “Odio que seas tan insistente”, por el “Espera a que acabe de hablar por teléfono y hablamos. Ahora mismo no puedo”, “Deja de insistir, no vamos a ir al parque ahora”.

– Centrarnos en el comportamiento que buscamos.

No recurrir tanto a “Tu habitación podría estar más ordenada”, “No llegues muy tarde”, “Intenta llegar a la hora” sino al “Deja la ropa sucia en el cubo”, “A las 19.00h en casa”

*Las frases subjetivas del estilo “Te quiero ver en casa a tu hora” pueden convertirse en una fuente de conflicto, puesto que lo que para un niño es temprano o “su hora”, no necesariamente tiene el mismo significado para los padres. En este caso, el límite no estaría claro y se puede

general enfado y sentimiento de injusticia en el niño en caso de recurrir a consecuencias negativas.

– Con actitud y tono relajado.

La comunicación a gritos transmite falta de control sobre la situación y facilita conflicto. Lo más adecuado es hablar con total naturalidad y contundencia. Establecer límites no es algo malo, si lo hacemos durante el conflicto le transmitimos precisamente lo contrario, como algo malo, restrictivo y desagradable.

– Aclaramos las consecuencias a las que se va a exponer.

Recordemos conservar, en este punto, la actitud y el tono relajado. No enfocarlo hacia la amenaza, sino hacia una consecuencia natural de su comportamiento.

Darles información en referencia a lo qué va a pasar en función de si cumple o no, hace que tengan margen de acción y pequeñas tomas de decisiones. Sabiendo a lo que se enfrentan, hacen una valoración de la situación y en función de eso deciden, proporcionándoles así, un sentido de responsabilidad acerca de su propio comportamiento y las consecuencias que ha decidido afrontar. Les enseñamos a ser consecuentes con sus actos.

“Si no vienes a desayunar ahora, voy a tener que apagar la tele”.

“No juegues con la pelota en el salón, por favor. Si lo haces, no la podrás usar en el resto del día”

– Actuamos.

Quizás sea el paso más importante de todos los mencionados. De no llegar a él, los anteriores pierden eficacia.

En caso de que no hagan caso a lo que les decimos y decidan afrontar la consecuencia, en importante implementarla de manera inmediata. Aprovechando los ejemplos anteriores; se le apagaría la tele o se le requisaría la pelota ese día.

En caso contrario, si nos hiciéramos los despistados e insistiéramos con más comentarios sobre lo que “deberían” hacer, sin acción, hasta que se cansara de jugar con ella o rompiera algo (más enfado y conflicto) o, acabara desayunando mal y rápido y llegara tarde al colegio, ¿Interpretaría que hablamos en serio cuando les ponemos límites?

Yolanda Ordóñez Lema

Psicóloga general sanitaria

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